Íngrid Betancourt, de víctima de las Farc a precandidata presidencial

En 2016, durante un conversatorio en Nueva York sobre su novela 'The blue line', escrita originalmente en francés (La ligne bleue, 2014, aún sin traducción al español), Íngrid Betancourt dijo: «Todos tenemos dos fuerzas internas: una que nos mueve hacia adelante y otra que nos ancla al pasado, que no nos permite soltar. Atados al pasado, sin querer perdonar».

Ingrid Betancourt (1961) ha dedicado varios años de su vida a perdonar, a soltar, a dejar atrás esos 2.323 días que estuvo secuestrada en las selvas de Colombia por la guerrilla de las Farc para avanzar. Y seguramente ha podido desatar muchos de los nudos del pasado y recuperar paso a paso su vida después de su liberación en 2008.

Pero lo que no ha logrado es romper las ataduras con la política, como quedó claro esta semana al lanzar nuevamente su nombre para la presidencia de Colombia.

Hoy Betancourt es precandidata presidencial en representación de su Partido Oxígeno Verde, como parte de la Coalición de la Esperanza, la cual reúne fuerzas políticas de ese centro colombiano escorado a la izquierda. «Estoy aquí para terminar lo que empecé en 2002; voy a participar en la consulta del 13 de marzo, voy a hacer parte de esta Coalición Centro Esperanza como candidata a la presidencia y voy a trabajar cada instante, de sol a sol, para ser su presidenta», afirmó el martes pasado, dando punto final a las especulaciones sobre su rol en esa coalición y el que pude jugar a futuro como fórmula vicepresidencial de quien triunfe en la consulta interna, a definir el próximo 13 de marzo.

Íngrid regresa así a su pasado, justo a los 20 años de aquel 23 de febrero de 1992, cuando en plena campaña presidencial fue secuestrada por la entonces guerrilla de las Farc. Si bien internacionalmente Betancourt cobró relevancia por esos hechos y por los seis años de cautiverio en los que el mundo vio reflejado en su cuerpo y rictus la degradación a la que llegó el conflicto armado del país, en Colombia su vocación política era bien conocida.

Hija de padres vinculados a la educación, las causas sociales, la diplomacia y la política, –su padre, Gabriel Betancourt, dos veces Ministro de Educación y delegado permanente de Colombia ante la UNESCO; su madre, Yolanda Pulecio, Representante a la Cámara por el Partido Liberal y reconocida por su liderazgo en causas sociales a favor de la niñez desamparada- Íngrid y su hermana Astrid vivieron una infancia y juventud privilegiada. Estudió Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos de París, con énfasis en relaciones internacionales y comercio exterior.

Tras muchos años en Francia, donde se casó con Fabrice Delloye y nacieron sus hijos Melanie y Lorenzo, Íngrid regresa a Colombia en 1990 y empieza a trabajar con el Gobierno de César Gaviria, en cargos públicos en el Ministerio de Hacienda y en el de Comercio Exterior, en este último como asesora del entonces ministro Juan Manuel Santos.

La carrera por la presidencia

En 1994 se lanzó como candidata a la Cámara de Representantes y con 15.800 votos entró al Congreso, donde se destacó por las denuncias contra la corrupción, en especial por sus críticas al presidente Ernesto Samper a raíz del escándalo 8.000 y la filtración de dineros del narcotráfico en la financiación de la campaña presidencial. Ese fue su bautismo de fuego. A tal punto llegó su confrontación con sus pares de la Cámara y el gobierno de entonces, que Betancourt hizo huelga de hambre en protesta por la absolución que la Comisión de Acusaciones de la Cámara dio a Samper.

De esta experiencia salió su libro La rabia en el corazón (2001) donde, además de aspectos biográficos, habla de la corrupción en Colombia, de la necesidad de que el Estado financie las campañas para impedir que se repita la entrada de dineros de origen ilícito y estos tengan el poder de incidir en las decisiones de gobierno. «Hace exactamente 20 años fui secuestrada como candidata presidencial, haciendo campaña en contra del mismo sistema corrupto», recordó en el lanzamiento de su candidatura.

En 1998 Betancourt funda el Partido Verde Oxígeno (cuya personería jurídica recuperó en diciembre pasado) y se lanzó al Senado, en una campaña que tenía como bandera la lucha contra la corrupción. Su propuesta obtuvo la votación más alta del país, con 150.000 sufragios. Con ese respaldo propuso un referendo contra la corrupción y la renovación a la política, pero su intento fracasó. Ingrid no dio paso atrás y ofreció su respaldo al entonces candidato presidencial Andrés Pastrana, bajo el supuesto de que en su presidencia promovería estas reformas.

En esos años, la corta carrera política de Íngrid parecía no tener freno. En su campaña presidencial de 2001, tras renunciar a su curul en el Senado argumentando que era «un nido de ratas», Íngrid logra presentar un modo de hacer política más fresco, pero también bastante mediático y efectista. «Colombia nueva» era el eslogan que llevaba puesto a todas partes y que le serviría perfectamente hoy cuando sigue debatiendo la necesidad de renovar la política colombiana y sus cuestionables prácticas electorales, como también superar la polarización y lograr un centro que le permita al país la reconciliación, en claro rechazo al enfrentamiento entre Gustavo Petro, candidato de izquierda, y el llamado «uribismo», hoy en el gobierno.

La libertad

«Creo que la política contamina, le quita pureza a las acciones que uno quiera emprender desde el corazón y rebaja las aspiraciones de servir a los demás. No quisiera estar metida en una contienda electoral. No quiero estar en un espacio donde hay polarización y división», aseveró Íngrid en entrevistas tras la cinematográfica liberación de su secuestro (Operación Jaque).

Sin embargo, los amarres a la actividad política electoral no los ha logrado soltar. En diferentes momentos y circunstancias tras su liberación, Íngrid le dijo al país que lo suyo no sería la política electoral, sino más bien su capacidad de mediar a favor de la paz y la reconciliación, de las víctimas del conflicto colombiano y del cese a la polarización. Y es cierto que ha jugado un papel destacado en los procesos de verdad, justicia, reparación y no repetición que adelanta la Jurisdicción Especial para la Paz, corte ante la cual contó su verdad, denunció las atrocidades del secuestro y la guerra, pero también con igual vehemencia defendió el Acuerdo de Paz.

Pero como ella mismo lo dijo, hay fuerzas internas que nos llevan adelante. Por eso decidió dar el paso al frente e inscribir su nombre para las presidenciales de mayo. La verdad es que nadie cree que se lleve la mayoría de los votos en la consulta interna de la Coalición de la Esperanza, pero de lo que sí están seguros los colombianos es que esta vez Íngrid llegó para quedarse.

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Fuente: ABC