Merkel, ante las elecciones de hoy: «Está en juego la estabilidad»

Su sentido del humor ha sido siempre la mejor arma secreta de Merkel ante la adversidad. Dejó escapar una carcajada cuando Trump, en el peor momento de las relaciones bilaterales desde la II Guerra Mundial, se presentó diciendo que tenía «sangre alemana». Llegó a reír a mandíbula batiente en 2012, cuando el primer ministro griego Samaras anunció con solemnidad que estaría a disposición de su equipo también durante el fin de semana para solucionar la crisis de la deuda. Y a menudo ese humor se tiñe de ironía, como cuando le preguntaron si Obama podría proclamar en el futuro otro discurso ante la Puerta de Brandemburgo y respondió: «Puedo prometer que la Puerta de Bandemburgo seguirá ahí todavía durante

un tiempo».

Pero al acto de despedida que la CDU celebró este sábado en Aquisgrán asistió con una sonrisa impostada. El partido quería escenificar en la sede de la corte de Carlomagno la grandeza de la era Merkel y subió al escenario a unos niños que hicieron entrega a la canciller de un gigantesco Lebkuchen, una galleta de jengibre con forma de corazón y con un pastelero y decorativo «gracias» escrito en pasta de azúcar.

La estampa era cómica, pero Merkel mantuvo el ceño fruncido y el gesto tenso. Aparcó la autocomplacencia para centrarse en el riesgo que, a su juicio, corre Alemania en las elecciones de este domingo. «Se trata de la estabilidad de Alemania», insistió, y mencionó por ejemplo que el país recibirá menos apoyo de sus socios en términos de cooperación de servicios de inteligencia si no se proporciona seguridad a sí mismo. Advirtió contra el estrangulamiento de la economía mediante aumentos de impuestos, contra una protección del clima a costa de la vida empresarial y aplaudió al candidato Armin Laschet cuando habló del peligro de una coalición de izquierdas. Ella sabe bien lo que eso puede suponer porque creció en la RDA. El semblante de Merkel denotaba que no le hace ni pizca de gracia la situación en la que acuden a votar los alemanes. Porque aunque es muy posible que esta noche no quede aclarado quién será el próximo canciller y la formación de gobierno se enfrasque durante los próximos meses en largas y complejas negociaciones, hay cosas que sí sabemos ya del resultado electoral.

No hay una clara mayoría, el voto está fragmentado. Posiblemente solo 7 de los 47 partidos que se presentan entrarán en el parlamento, pero la gran cantidad de mandatos de compensación que se derivarán esta vez del doble voto por papeleta, que se otorgan si un partido obtiene más mandatos directos de los que tiene derecho a través de su segundo resultado de votación, obligará a aumentar de nuevo el número de diputados. El número original es de 598, pero en 2017 se elevó a 709 escaños y algunos expertos auguran que podemos ver esta vez un Bundestag con cerca de 800 diputados, más caótico y menos manejable que nunca. La extrema derecha antieuropea de Alternativa para Alemania (AfD), cuya presencia parlamentaria es seguramente el legado que personalmente más lamenta la canciller, mantiene un 12% en las encuestas. Y las dos variantes de coalición de gobierno más probables a la espera de los resultados, tanto la llamada ‘semáforo’ del SPD, Verdes y liberales del FDP bajo el liderazgo del socialdemócrata Olaf Scholz, como una alianza ‘Jamaica’ de conservadores, Verdes y FDP con Armin Laschet al frente, implican igualmente cuestiones programáticas que ella percibe como peligrosas.

La otra Alemania

Este domingo no veremos a Merkel ir a votar, porque lo ha hecho previamente por correo, como el 43% del electorado alemán. Tampoco seguirá el recuento electoral ni en la Cancillería ni en la sede central del partido, porque desea ya quedar al margen. Su próxima comparecencia pública está prevista el lunes, en una recepción de la Conferencia Episcopal Alemana, a punto de enclaustrarse por su parte en la siguiente sesión del controvertido ‘Camino Sinodal’. Olaf Scholz, en mangas de camisa y sin corbata, pasó este sábado en su circunscripción de Potsdam, charlando y respondiendo a cuantos paseantes deseaban hacerle preguntas, al más puro estilo Merkel. Armin Laschet chupó rueda de la canciller en el sprint final hasta las urnas. La Verde Annalena Baerbock evitó de nuevo hablar de sus preferencias de coalición y el liberal Christian Lindner se volvió a pronunciar a favor de una alianza con conservadores y Verdes.

Pero hay una Alemania creciente que no se ve reflejada en ninguno de los candidatos. Los dos últimos activistas que llevan cuatro semanas en huelga de hambre acampados frente al parlamento, Henning Jeschke, de 21 años, y Lea Bonasera, de 24, se declararon este sábado también en huelga de sed hasta que el gobierno decrete el ‘estado de emergencia climática’. Pertenecen a la autodenominada ‘última generación’ y siguen a líderes ajenos al sistema político, como Greta Thunberg. En las redes sociales corren bulos impulsados por círculos de Pegida, los Patriotas Alemanes contra la Islamización de Occidente, que hablan de la manipulación del voto.

En las calles de Berlín protestaba ayer de nuevo el movimiento ‘Querdenken’ (Pensamiento transversal) contra las medidas que hacen la vida imposible a los no vacunados y que consideran un ataque del sistema político a los derechos fundamentales de los ciudadanos. Hoy, mientras 60 millones de alemanes están llamados a acudir a las urnas y tras la edición fallida de 2020 a causa de la pandemia, volverá a apoderarse de la capital alemana la Maratón de Berlín, en una metáfora en movimiento de la Alemania que corre hacia la era post-Merkel en una competición de resistencia, una lucha consigo misma y un esfuerzo por batir el propio récord de prosperidad y estabilidad que han marcado las cuatro últimas legislaturas.

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Fuente: ABC